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Una web de Alfonso Zaplana Pérez.

Una reflexión que me vino a la cabeza escuchando “Head on” de The Jesus and Mary Chain

Cuando me pongo a comprar discos de segunda mano puede caer cualquier cosa, desde las mayores frikadas hasta clásicos imprescindibles, desde Chimo Bayo, Baltimora o Milli Vanilli hasta Elvis Costello, The Beach Boys o The Jesus and Mary Chain. De estos últimos precisamente encontré el otro día un vinilo 7″, una copia promocional del single “Head on”, que mientras escuchaba me hizo pensar (y publicar en mi cuenta de Facebook) lo que copio y pego a continuación:

 

 

A mí esto concretamente (89) me pilló joven aún, pero ahora, a posteriori, me hubiera gustado estar más al tanto a principios de los 90 de toda esta ‘generación’ de grupos que siempre he asociado mentalmente (Pixies, Sonic Youth, Pavement, The Stone Roses, My Bloody Valentine, Dinosaur Jr., Yo la tengo, etc). Pero aquella década me pilló por otros derroteros musicales, que disfruté muchísimo y que no cambiaría tampoco. Simplemente me hubiera gustado poder abarcarlo todo, algo que resultaba bastante más complicado que hoy en día. Queda un consuelo, las grabaciones quedan ahí y siempre hay tiempo para disfrutar de temazos como este, aunque sea muchos años después (incluso para comprar el single en vinilo otros cuantos años después), pero nunca será lo mismo que vivirlo directamente, con el extra de intensidad que aportan cosas como la edad o el ansia de conocimientos.

 

Por eso me choca tanto que, en la actualidad, algo que, al menos en teoría, debería tender a la fragmentación, a la heterogeneidad en los gustos, como es la música, se haya convertido en algo tan homogéneo y restringido, sin necesidad de irnos al mainstream inequívoco. Que entre 5-6 grupos se repartan la parte gorda del pastel, con el beneplácito de algunos festivales, djs, locutores de radio, periodistas musicales… Precisamente ahora, que tenemos la oportunidad de descubrir prácticamente la totalidad de la música que se está haciendo en el mundo a golpe de clic, este público potencial, que resulta que además supone tan sólo un fragmento minoritario del total, se concentra en un segmento de la oferta bastante reducido en términos relativos. ¿No resulta cuando menos contradictorio?