Los valientes propósitos de Alondra Bentley

Alondra Bentley, retratada por Julia Lomo para la promo del disco.

   Tenemos pendiente una cita en condiciones con Alondra Bentley. Radiofónica, a ser posible. Pero como vamos a nuestro aire, ella está felizmente ocupada ahora y las circunstancias no siempre se producen al gusto de todos, esperaremos al momento adecuado. Llegará, porque siempre nos agrada pasar un rato con ella.

    Hace unos cuantos años ya que sus trinos comenzaron a llamarme la atención, los suficientes para poder desterrar de una vez la socorrida (y manida) comparación con un pajarillo. Bastantes para dejar de utilizar el comodín de la dulzura campestre, el “ay-qué-bonico-todo” y centrarnos en el verdadero eje vertebrador de lo que importa en la obra de Alondra. Ha conseguido, aún de lleno en su juventud, reunir una estupenda colección de canciones atemporales que gravitan sin complejos en torno a las grandes composiciones clásicas de la música popular. Es melómana, se nota, aunque eso no te hace necesariamente buena compositora, incluso puede ser un arma de doble filo tanto referente cruzado. En su caso, todo lo escuchado parece haberle otorgado una vara mágica de medir, la de saber hacer redonda una canción. Esa melodía que te atrapa, la evocación adecuada, el estribillo adictivo. Lo que importa es eso, quería decir, saber convertir lo abstracto en algo tangible, pragmático pero bello. Se trata de hacer canciones, ¿no?

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La Mar de Músicas 2013

El pasado sábado 27 de julio terminó la XX edición del festival cartagenero La Mar de Músicas, recortado en presupuesto y extensión, pero bastante bien organizado en poco más de una semana por distintos puntos de la ciudad y con conciertos al alcance de todos los públicos: tanto para paseantes que hacen un alto para ver qué se cuece en la Plaza del Ayuntamiento como para melómanos que pagan entrada para subir a las maravillosas ruinas de la Catedral o al Auditorio del Parque Torres, cuyo escenario acogió a la mayor parte de “pesos pesados” del festival, bajo las estrellas y refrescado por la brisa marina y los minis a 6 euros.

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Optimus Primavera Sound, punto de inflexión

Parque da Cidade, el mejor recinto posible

Este año ha costado, mucho, no soy el único que ha sido zarandeado por la situación económica y laboral en los últimos tiempos y eso te lo pone difícil a la hora de disfrutar de tus aficiones favoritas. Las mías suelen ir ligadas a la música. Además de economizar, necesitaba también cambiar de aires para disfrutar una de mis citas ineludibles del año, el Primavera Sound. Recuerdo perfectamente la primera vez que asistí a este festival, era su segunda edición, en el Poble Espanyol, después vinieron muchas más. Inmediatamente me atrajo lo variado y original de su cartel y ese afán de diferenciarse del concepto masivo que ya se hacía muy patente en otros eventos como el FIB. O eso me lo parecía a mí, porque lo cierto es que con los años, como era de esperar, la edición barcelonesa de este evento también se ha masificado, creciendo hasta convertirse en una especie de monstruo inabarcable para muchos. La calidad del cartel, con algún que otro guiño efectista demasiado cantoso, ha permanecido año tras año a un nivel muy alto, aunque hoy ya excesivo en la cantidad de oferta de grupos y escenarios. Todo cosas del negocio, supongo.

Lo bueno que podemos extraer de esta reflexión es que los beneficios de ese negocio parecen haber sido invertidos con más o menos éxito en distintas ramificaciones que nos hacen mantener la esperanza a los que siempre hemos pensado que la marca Primavera Sound, con sus bondades y miserias, ha creado los mejores y más variados carteles de festival que se han visto en España, posicionándose entre los mejores del mundo en los últimos años. El Primavera Club como hermano pequeño de invierno tendría bastante que debatir para mi gusto, es una buena idea pero con algunas cosas muy importantes que pulir. De lo que yo quiero hablar realmente es de la ramificación portuguesa del asunto: el encantador Optimus Primavera Sound. 

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El rocker, el crudo y el Mena…

En un sábado noche repleto de conciertos a los que asistir, optamos por darnos una vuelta por Cartagena para inyectarnos un poco de rock´n roll en vena y sacudirnos así el lastre acumulado de toda la semana. El colectivo Rocket 88 organizaba una fiesta en la que actuaban los madrileños Help me devil. Llegaron con su segundo disco, ‘Lokanta hell’, bajo el brazo, les recibió el público adecuado para lo suyo y, claro, el bar se llenó y la gente disfrutó. Estuvieron empáticos y demostraron que lo suyo no tiene trampa ni cartón, disparando composiciones propias de género (rockabilly, country y algo de blues) y algún que otro clásico en forma de versión. No caigamos en la trampa de esperar un concierto de unos Heavy Trash españoles (su disco lo ha producido Matt Verta Ray, compañero de aventuras de Jon Spencer). Su concierto no fue incendiario ni deslumbrante en lo técnico,  algunos detalles se pierden con respecto a su contundente grabación (elogiada por la crítica especializada), pero mantuvo la intensidad constante y ese ‘ritmillo’ que te hace no parar de mover la pierna en todo el rato. Suelo de madera, cerveza fresca, movimientos de cadera, algunos tupés y humo (en la puerta, como manda la ley) en una noche agradable en el Coyote Bar del puerto de Cartagena.

En el rock y derivados lo primitivo bien enfocado funciona, es el cuento que los mencionados Help me devil parecen tener bien aplicado para sus conciertos y es algo que tiene aún más claro el murciano Raúl Frutos. Su penúltima aventura musical es la que desarrolla junto a su pareja y manager Inma Gómez bajo el nombre de Crudo Pimento. Poco a poco han ido cocinando canciones en casa hasta que, casi sin darnos cuenta, tienen ya un disco practicamente preparado, que por lo visto se va a editar en vinilo. El domingo pudimos comprobar en la asociación ‘El Quirófano’ de La Arboleja como suenan las nuevas composiciones en directo.  Fue un buen concierto, con un atractivo que reside en el encanto aviejado, cazallero y atemporal de las composiciones, pero también en la capacidad didáctico-humorística de Raúl para explicar su procedencia, añadiendo incluso detalles sobre los mecanismos que generan el sonido de sus curiosos instrumentos. La mayoría son caseros, de aspecto rudimentario y fuerte personalidad, como la del propio artista. Inma, reconocida novata en estas lides (eso también se explicó durante el concierto), estuvo correcta y discreta, el palique se lo dejó a su compañero y se centró en dotar de cuerpo a las canciones con percusiones tan básicas como efectivas.

La aparición de El bueno, el feo y el Mena es una de las mejores noticias que nos ha dejado el pasado año en la escena local murciana. Sobre todo por la carencia de artistas nuevos que le tiren sin complejos y con conocimiento de causa a géneros clásicos como el folk, country o incluso a cosas más negras, más souleras. Alguno que otro habrá orientando la mirada hacia esas latitudes sonoras, pero no con la voz (ni el bigote) de Antonio Mena, ni con dos escuderos ya curtidos en mil batallas (pese a su aspecto juvenil) como Lean (teclados, bajo, guitarra) y Luigi (batería, banjo). Se nota que a la propuesta le falta un poco de rodaje, no es fácil tocar con la asiduidad que a uno le gustaría para curtirse, pero hay dos cosas fundamentales en esta banda: talento y canciones. Funcionaron mejor las composiciones propias que las versiones, algunas un tanto improvisadas. Esto debe tener una lectura positiva al margen de los pros y los contras que tiene el versionar clasicazos como ‘The Weight’, ‘Old man’ o ‘No expectations’. Y luego están las roturas de cuerda y el sonido a veces difícil de acoplar del espacio de conciertos de El Quirófano (parece que hay prevista una mejora inminente), que no dejan de ser gajes del oficio que sortearon con actitud. Un cierre elegante para una tarde más de buena música (y van unas cuantas ya) en la fértil huerta cultural de La Arboleja.

El rock según Lüger-Schwarz

A Lüger me niego a llamarlos teloneros. Creo que todo el que vio su concierto estará de acuerdo, miembros de Schwarz incluídos. Lo que hicieron, acostumbran a ello, fue un conciertazo que los posiciona directamente como invitados de lujo. Ellos disparan con algunas armas parecidas a las de sus anfitriones murcianos, pero su propuesta aporta una sensación de mayor concreción, sobre todo en el formato de canción, más acotado. Sonaron como una apisonadora, nunca me habían abofeteado con tanta elegancia como hizo esta banda el sábado (bueno, quizá Lisabö hace unos meses, será cuestión de diéresis). Tienen una baza ganadora añadida, pese a compartir con Schwarz la querencia por los desarrollos machacantes y una visión abierta e intensa del rock: su muestrario de melodías adictivas. No podemos decir que sean precisamente unos veteranos (como banda) pero llevan un rodaje en directo envidiable, lo dominan con maestría. De hecho, puestos a compartir con Schwarz, también son de grabar sus discos en directo con estupendo resultado. Tuvieron muchos momentos para mencionar, pero la interpretación que hicieron de su ‘Monkeys everywhere’ fue impresionante. Tanto que a nuestro ilustrador de cabecera (literal), Cascales, le inspiró el dibujo que encabeza esta entrada, regalada en exclusiva para el blog. Gracias Lüger, gracias Cascales.

Llegó el momento “alquimístico” de la noche. Cuando uno se plantea comentar un concierto de Schwarz siempre lleva rondando en la cabeza aquello de lo poco que, ateniéndonos a las entrevistas, le gusta a los miembros del grupo que lo suyo se catalogue de raro o difícil de digerir. En parte tienen razón, lo que hacen es simplemente rock abierto de miras, tendente a lo psicodélico, con ramalazos progresivos, géneros conocidos y con historia, aunque no exentos de ciertas dificultades para el oyente medio. Vamos, que su propuesta requiere, quizá, una mayor predisposición ante un espectáculo que acaba revelándose más cercano a la experiencia sonora que a un concierto al uso. Hablemos pues del sonido, muy comentado tras la actuación por su calidad y definición, por lo apabullante del mismo, por el trabajo de banda acumulado para lograr esa comunión perseguida con sus instrumentos. Ha sido un trabajo fructífero, sonaron mejor que nunca. El pero: para mí, los momentos de “estepa sonora”. Quizá para otros no supusieran problema alguno, incluso sirvieran de alivio acústico. Cuando acuciaba la, llamémosla, introspección, cuando el drone se hacía más presente que el ritmo, me sacaban del concierto. Sin embargo los picos de intensidad que desplegaron en muchos momentos te retorcían, atrapándote con energía y con una constancia rítmica a prueba de metrónomos, excelente Cesar Verdú a la batería. Bueno, impecables los tres en la ejecución. La puesta en escena, una bacanal de humo y láser, provocó sensaciones encontradas: a mí me pareció un buen recurso estético y además permitía fumar a escondidas, a mi compadre Zaplana le descolocaba un poco a ratos la falta de contacto visual. Una cosa más, conseguir enfocar para sacar una buena foto fue un auténtico reto, de hecho creo que no lo llegué a conseguir del todo, testimonio gráfico y poco más, que tampoco andaba yo muy fino.

 

El “concierto privado” de Jeremy Jay

“Pues para mí que era inglés”, le decía yo a un amigo con el que compartí el rato durante el concierto de Jeremy Jay en la murciana sala 12 y Medio. Ignorancia puntual del que escribe aparte, lo cierto es que el americano de Los Ángeles se pasa gran parte del concierto (y de su discografía) saltando de lado a lado del Atlántico con soltura y naturalidad estilística. Lo suyo es el pop de carácter melódico con latigazos ocasionales de saturación guitarrera. Lo lleva al directo, al menos en esta ocasion, con unos músicos franceses muy solventes, que aportaron una contundente base rítmica (mención especial al bajista lesionado y a su “discreto” calcetín) y un colchón de teclado omnipresente que a veces enriquecía y otras, para mí, no tanto. Se agradeció la empatía y el buen humor del artista, tímido pero dispuesto pese al escaso público que se enfrentó a una fría tarde de martes para acercarse a escuchar su propuesta. El sonido fue impecable y el repertorio, trufado de canciones nuevas (presentaba su reciente ‘Abandoned apartments’), bastante más atractivo y consistente que en su último paso por Murcia, hace ya algunos años. Con un “cheers” entonado mientras levantaba su cerveza, tras un bis generoso solicitado por los que allí estábamos, Jeremy se despidió dejando buen sabor de boca. Una lástima que hubieran tan pocas bocas para saborear, es complicado llenar en Murcia y menos un martes. Tomemos nota y hagamos lo que podamos para que los promotores locales de música en directo no se desanimen.

Kurt Baker has the power (pop)

Llegaron desde la costa este de Estados Unidos con su ‘Brand new beat’, que además del título del disco que presentaban es una perfecta definición de su música. No es que lo que hacen sea “brand new”, porque el rock con aires new wave que practican ya está más que inventado, pero se trata de un género que cuando se hace bien te inyecta la misma energía de la primera vez. Lo del “beat” si que se explica solo desde el primer acorde de su concierto. Referentes tienen muchos, como referencia empiezan a ser dentro de su escena: todos los miembros de la Kurt Baker Band (sí, hablamos de ellos) han tocado o tocan en formaciones como Screeching Weasel, The Queers, Riverdales, The Leftovers, The Connection, The Guts…O sea, que son de todo menos lángidos. Lo del pasado domingo en la sala 12 & Medio fue uno de los mejores cierres de semana posibles para evadirse de una realidad paupérrima que nos bombardea con malas noticias a diario. Mover el culo no llena el bolsillo pero te alegra la vida durante un rato, y ahí el que no bailó, aunque fuera un poco, es porque no le corre sangre por las venas. Ya que hemos mencionado el bolsillo, hay que decir que los precios asequibles de los discos, el trato de los amigos de Torreznetes (organizadores de la gira española de Baker) y la alegría con la que regalaban chapas y pegatinas a todo el que se acercaba contribuyeron a que todos mantuviéramos la sonrisa hasta el final. La humildad y sencillez (excesiva en lo musical) que Los Cachorros aportaron como teloneros supuso una bienvenida tan entrañable y bienintencionada como necesitada de un buen batería y algun que otro ensayo.


La versátil dulzura de Alondra Bentley

Pese a lo que se podía leer en los simpáticos adornos que coloreaban el escenario del Teatro Circo de Murcia, no estábamos, ni estamos, en “holidays”. Sí que estábamos en “weekend”, disfrutando de un domingo familiar con una de las mejores bandas sonoras posibles, la de Alondra Bentley presentando su disco infantil “Sings for children. It´s holidays”.  Se puede decir que fue un éxito, vista la empatía que tanto ella como su inseparable Nacho Ruiz (Nine Stories, The Secret Society) demostraron con los niños, y viceversa. Fue un concierto cantado, contado (sí, hubo cuento interactivo) y bilingüe, o casi, aunque Alondra se hizo entender con mucha gracia. Hubo juegos y niños afortunados que subieron al escenario a tocar. La naturalidad y sensibilidad de las canciones, verdaderas protagonistas, funcionan muy bien con pequeños y mayores, de hecho el repertorio incluía piezas del disco para niños combinadas con otras de ‘Ashfield avenue’ e incluso de su recién editado ‘ The Garden Room’. Y ya que hablamos de discos, eso también pareció funcionar a la salida, ya que el puesto se abarrotó de compradores de todas las edades mientras los niños comían golosinas, eran pintados por una voluntariosa amiga de la artista y, ojo, pedían también su cd correspondiente. Recompensa, pues, al talento de una de nuestras mejores voces (y compositoras) y muy buenas sensaciones con su llegada a la discográfica Gran Derby, sello pequeño gestionado entre amigos, con ediciones muy cuidadas y precios asumibles por los consumidores habituales de formatos tradicionales. Ya había ganas de escuchar a Alondra en vinilo, con ‘The Garden Room’ lo vamos a poder hacer, yo ya tengo el mío.

 

 

 

 

Corizonas, fin de gira

Corizonas son simplemente una banda de rock. Puede que sean previsibles, que su primer disco no suponga ningún hito en la historia del género o incluso que muchos no se acaben de creer la propuesta de ese Frankestein que han creado, fruto de la unión de Los Coronas y Arizona Baby. Poco convencido con su álbum de debut, fui a verlos y a fotografiarlos, basicamente porque me gusta el rock´n roll de toda la vida, el que se hace sin demasiadas pretensiones y con mucha energía. Y calidad, claro. Eso fue precisamente lo que me encontré, un concierto mejor y más divertido que cualquiera de los que he podido ver de las dos bandas fusionadas. Sonó bien, fuerte, con riffs contundentes, una base rítmica impecable que hacía crecer a las canciones y mucha comunicación con el público. Era su de fin de gira y tenían ganas de marcha, aunque sugirieron que alguno de la banda venía sin dormir. Al final consiguieron que todo el mundo se levantara de sus asientos y se montara lo más parecido a una fiesta que puede ofrecer un concierto de auditorio. Mención especial para la entrañable aparición de Miqui (no el Puig, gracias), ilustre ye ye que puso mucha energía y poca memoria con la letra de la canción. Buenos músicos con mucha carretera en el cuerpo, pasándoselo bien, era eso el rock´n roll ¿no?

Patti Smith, flashes y sombras

Curioso, es la segunda ocasión que tengo de ver a Patti Smith (la primera en un auditorio) y la verdad es que musicalmente me puso más y mejor las pilas cuando la vi en un escenario grande, en abierto, con electricidad. Hasta ahora había pensado justo lo contrario, que una recitadora experimentada como ella ganaría mucho en las distancias cortas, en un espacio cerrado con el ruido atenuado a su alrededor, incluso lo sigo pensando ¿Me gustó entonces su concierto en Cartagena? La respuesta sería un sí, sin más. Por lo que representa, por lo poético de de su idealismo, por la fiel relación de largo recorrido con Lenny Kaye y por la forma en la que transforman todo eso en música sobre el escenario. Mi “sí”, por supuesto, tiene varios peros.


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